Quiero una casita con ventana a la calle. Con alero en el techo para que la gente que pasa los días de lluvia no se moje.


Con una barra de bar en la ventana que invite a los paseantes a detenerse si están abrumados, que anime a las vecinas de ojos cabizbajos a parar y a desahogarse o a llenarse de olor a tostadas recién hechas, a café con leche y a mermelada.

 

Y para eso es indispensable que al otro lado de la ventana haya una silla. Pintada de color comprensión y tapizada de empatía. Nadie puede abrir su corazón a las apuradas.

 

Una ventana que además de servir miradas contenedoras y tiempos de escucha, ofrezca tacitas de té, de café y canela, mates y jugos de pomelo o de ciruela.

 

Quiero una casita con ventana a la calle. No para mirar pasar la gente. Una ventana para que si alguien está triste pueda detenerse o quien está angustiada pueda ser arrullada. Una casita con ventana y corazón a la calle.

 
 
 
                                                             Texto: Magela Demarco
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

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