“Mamá, ¿qué puntaje le darías a tu vida?”, me sorprendió con la pregunta Tobi el otro día.

-Ehh… un 8.
-¿Y por qué no un 10?
Me quedé con mi hámster con ruedita, dando vueltas en falso y sin ir a ninguna parte, moviendo los bigotes, desorientado.
Otra vez mi gran maestro de 9 años me venía a dar una clase de “Valoración de vida” NIVEL 1, y otra de “Agradecimiento”, NIVEL 2.

-Sabés que Tato, te iba a dar varias razones por las que no un diez, pero ahora que las estoy pensando, no son cosas importantes como para andar bajándole puntos a la vida. Te iba a decir porque me gustaría que tuviéramos un patio más grande para que así vos pudieras jugar a la pelota con tus amigos, te iba a decir que todavía me falta conseguir que se publique “Un papá con delantal” en Argentina. Cuando te dije 8 también pensé que me falta conseguir un trabajo estable y bien pago de lo que a mí me gusta hacer, que es escribir historias. (También pensé, pero no se lo dije, que ese 8 era porque esperaba que se sanara un familiar. Y también pensé que muchas veces siento, y más con esta pandemia, que l@s humanos no vamos a aprender más, que estamos empecinad@s con nuestra propia autoextinción. Y que la falta de conciencia, empatía, solidaridad y la sobra de maldad que veo me baja el ánimo en picada. Eso tampoco se lo mencioné, es muy chico para andar cargando desde ahora con esas cosas). Pero de todo eso me di cuando vos me repreguntaste por el 10. Tenés razón, hijo. Estamos vivos, nuestra familia también, te tengo a vos que sos lo más importante de mi vida, y el mejor regalo que me pudo hacer Jesús. Tenemos salud, comida, un techo. Voy a rever mi 8, porque ahora que me doy cuenta, bah, mejor dicho, ahora que me hiciste dar cuenta, hice mal las cuentas.

………..
Y, sí, yo también le pregunté a él que puntaje le daba a la suya:

-9,50, me dijo.
-¿Y por qué?
-Por la pandemia,  porque no puedo ver mucho a mis amig@s.

 

Gracias Jesús por haberme mandado a mi maestro de vida personal, que me va marcando mis partes ciegas, mis zonas oscuras, vacías, mis pifies, mis adultamientos, tan horrendos que veo en mí y en gran parte de l@s adult@s.

Pero también me va marcando mis partes bellas, luminosas y dignas de amor, cada vez que él me dice: “Ay, te quiero mucho, mamá”. Y es ese “Ay” el que condensa tantas cosas, y es ese abrazo el que me sostiene y me sigue recordando que a este mundo vale la pena salir a pelearlo –y a cagarlo a trompadas si es necesario– para que cambie, para que sea mejor. Por él, por Tobías, y por todos los nenes y las nenas que lo habitan.

Hay muchas cosas que de grandes vamos perdiendo o modificando. Y lo detesto. Me rebelo contra ese adultamiento que nos va oscureciendo el alma y el corazón. Y por eso, mi niña interna está enojada. Me doy cuenta porque se puso la vincha verde musgo y se marcó con dos rayas negras los cachetes. Tranquila, Magelita, no te pienso dejar morir. Es más, te voy a ayudar a que le des unos cuantos bifes a las partes de mi adulta que necesitan correctivos. Y te prometo que la vamos a tener siempre a raya. Y ahora que estoy pensando, ¿vamos a tirarles bombitas desde la terraza del tío Decio, como hacíamos de chicas, a esos grandulones y grandulonas adulterad@s que pasan por la vereda?

La bellísima ilustración es de la genia de Simona Ceccarelli.

#NoNosAdulteremos #ValorarLaVida #MiHijoMiMaestro #SalirAJugar #MiNiñaInterior #TirarBombitas #Infancia #DigaleNoAlAdultamiento #SacarSiempreAPasearANuestraNiñaInterior


Comentarios

Cori

Hermoso! Esos 2 puntos q a veces no vemos. Pero q debemos agradecer por tenerlos y a no rebajar nuestros puntales de vida!

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